Un kilómetro en 80 segundos, es la marca que consiguió el portugués Paulo Domingues en la prueba de descenso en bici de montaña de O Marisquiño, en Vigo.
Este evento, que pretende celebrar la fiesta del deporte urbano, según señalan sus organizadores, consta de cuatro campeonatos; Skate, BMX, MTB Downtown y Bboying (Break Dance), además de exhibiciones de Grafiti, Parkour o Freestyle Motocross.
Estos días acaba de celebrar su X edición.
A mí me gusta bajar rápido pero esto sobrepasa mi umbral de aceptación de adrenalina. Aunque pensándolo bien... no me vendría mal un buen subidón bajando, acéptenme la incongruencia.
Este sábado fui de peregrinación. No, no hice ningún tramo del Camino de Santiago, la visita al patrón de España la dejo para otra ocasión. Fue esta una peregrinación un poco más corta, al hogar de nuestra Santina, a Covadonga.
Desde Gijón, algo más de cuarenta almas nos encaminamos hacia la Cova Dominica siguiendo la tradicional ruta que une ambos lugares. El viaje, sobre dos ruedas, dio para mucho.
El camino en sí ya es suficiente pábulo para animarse a recorrerlo. A algunos, supongo, también nos movía un motivo especial -una promesa, un deseo, una petición,…- sin tener que estar vinculado obligatoriamente a lo religioso aunque, seguro, si a lo sagrado del entorno.
Yo tenía una conversación pendiente. Iba a ser la talla de la Virgen la receptora de mi mensaje, mi intercesora, por ser ella la representación del nexo que me une a un Ser Supremo, un ente al que no sabría definir y que no es exactamente ese Dios Católico que las normas educativas vigentes en mi infancia nos imponían e inculcaban a todos los niños. La premura impuesta por el cumplimiento de los horarios establecidos para el retorno, me impidió la visita prevista, pero, no hay problema, Don Pelayo tuvo a bien entregarle el recado de mi parte cuando los visitantes abandonásemos el lugar y la tranquilidad y el sosiego se lo permitiesen.
No fue el sacrificio del esfuerzo en el camino la ofrenda para ser escuchado, no tendría valor alguno pues fueron únicamente mis partes locomotoras las que sufrieron (y algún rasguño en la piel), el resto de mi persona disfrutó como hacía mucho tiempo que no disfrutaba. Coincidieron varios factores para que fuera una experiencia “casi religiosa”, el paisaje, los compañeros de viaje, el buen ambiente y el buen humor en el que todos aportamos algo, la ausencia de accidentes destacables, por otra parte comunes cuando se conjugan bici y terreno agreste, y un sinfín de grandes y pequeños detalles que difícilmente se dan al mismo tiempo y en los mismos lugares.
Por si acaso, lanzo nuevamente desde aquí mi petición (Don Pelayo ya está muy mayor y corro el riesgo que se le olvide) con la esperanza de alguno de los que lean esto tengan comunicación directa con el de allá arriba, o donde quiera que se encuentre. Eso sí, por favor, no hace falta que vayan a darselo personalmente.
Mi mensaje no tiene nada de original, pero no por ello deja de ser importante, pues no es otro que, el que me permita disfrutar mi vida junto a las personas que quiero, solo eso, simple, claro, conciso, como deben ser los mensajes para que no haya posibilidad de mal entendimiento.
No hubo ofrenda, como digo, más que, si acaso, el valor de todo lo bueno o malo que contiene mi propia vida. Que la balanza decida de qué lado inclinarse y el Juez Supremo dictamine si debo o no, ver cumplidos mis deseos .
P.D. Hoy se despedía La Mujer Invisible. Me gustaría que solo fuera un “hasta luego”.
"Y vuelves a atrapar mi tristeza para esconderla en tu bolsillo, para alejarla de mi... De nuevo has sembrado el jardín de mis pesadillas con nuevos sueños, con otras esperanzas... Y yo sigo llena de amor por todo aquello que te pertenece, llena de celos por todo lo que te roza y me quita un trocito de ti... Y tú sigues aquí, entregándome la vida en cada suspiro, suplicando por mis besos sin saber que ni siquiera tienes que pedirlos... Porque son tuyos, porque yo ya no soy mía, sino tuya".
Alguien dice estas frases en una película. El comienzo de la lectura de un libro me hizo recordarlas. No encuentro manera de explicar por que las pongo. Simplemente, a veces, algo que en determinadas circunstancias nos pasa desapercibido, otras nos llega con inusitada claridad. Como un mensaje. Como un flash de luz que nos deslumbra y, durante unos instantes sin embargo, nos permite ver el interior de nuestro corazón.
Soy un romántico, no puedo negarlo.
Canción: Long as I can see the light (Creedence Clearwater Revival)
Postea hoy Fermin sobre monturas y jinetes. Le agradezco haberme dado pie para hablar yo también de idéntico tema.
A modo de introducción comenzaré hablando de caballos, de aquellos que popularizaron las películas del lejano oeste americano, los Mustang.
Hasta el siglo XVII los amerindios tenían como único medio de transporte, aparte de sus propios pies, a sus perros, que utilizaban, además de cómo ayudantes en la caza, para transportar pequeñas cargas arrastrando carros sin ruedas.
Los conquistadores españoles introdujeron el caballo en el continente americano. Después de años y por diversos motivos, aquellos caballos de raza andaluza o árabe, acabaron poblando las grandes llanuras. Las tribus indígenas vencieron su inicial terror a tan extraños animales para acabar utilizándolos en su propio beneficio y considerando su posesión un gran valor.
Sus mustang -nombre que proviene de la palabra española mesteño o mestenco, que significa “sin dueño” y está relacionado con las antiguas mestas de Castilla- durante las guerras indias, eran "decorados" con pinturas de guerra, al igual que sus jinetes. En sus lomos dibujaban herraduras, representando las batallas en las que habían estado, o manos, simbolizando los enemigos abatidos en combate, todo ello para proveerse de la protección de los espíritus.
Pues bien, esta costumbre de Apaches, Comanches, Sioux, Cheyenne y tantas otras tribus, yo también la llevo a cabo con ciertas matizaciones. Cambian los símbolos y lo que representan, cambia la montura -mi mustang es una bici- pero el motivo es el mismo, tener a mi lado los espíritus protectores.
El lomo de mi velocípedo lleva “pintado” en caracteres Kanji (alfabeto japonés) unos nombres propios, los nombres de mis princesas. Nombres que me recuerdan, cada vez que bajo la vista cuando monto en bicicleta, cual es el motor principal de mi existencia. Símbolos que sirven para que sus espíritus me acompañen en todo momento. Eso caracteriza y diferencia a mi montura de cualquier otra parecida. Mi bici no son dos ruedas y varios mecanismos para hacerlas rodar, mi bici es un santuario.
P.D: Esta es la razón por la que siempre voy de los últimos. En mi bici somos más de uno los que van montados, me acompañan pero no dan pedales.
La canción, para mí, relax y espiritualidad en estado puro