viernes, 29 de abril de 2011

Rendición.


 


Había perdido la costumbre de sentarme delante de una hoja en blanco y plasmar en ella mis reflexiones en voz alta.
Hoy,  un  comentario sobre la resignación con la que vive alguien a quien conozco.

Hubo un tiempo en el que deseaba alcanzar ese grado de conformismo que hiciera sobrellevar mejor todo lo que le tocaba vivir.
Hoy, conseguida la resignación, no le gusta sentirse así. Tiene una extraña lucha interior, algo le incita a rebelarse contra la rendición. No quiere renunciar a sus sueños, a sus aspiraciones, al fin y al cabo son uno de los motores de la vida, pero siente amansado su espíritu y resulta más cómodo para vivir así con uno mismo, pero se siente  un derrotado.

La propia vida se ha encargado de llevarle a ese camino, el del perdedor, el del que renuncia a todo aquello que anhelaba, el conformista que no espera nada, tan solo agradecer las migajas que vaya encontrando por delante.

Es lo malo de las grandes aspiraciones, corremos el riesgo de caer en grandes derrotas por mucho empeño que se haya puesto en la lucha, y  él picó alto, muy alto. Aun sigue pensando que merecía la pena a pesar de todo.
Sí, vive resignado, pero echa de menos aquellos momentos de tensa espera, de remar contra corriente, de búsqueda constante de la felicidad sin importar que el camino fuera empinado, al menos peleaba por un sueño.
Ahora es un perdedor  y con esa resignación que da haber asumido su papel, avanza, arrastrándose porque ya no tiene fuerza para saltar los obstáculos.
Me gustaría, desde aquí, darle ánimos. Intentar convencerle de que los perdedores tal vez también puedan encontrar  algunos granos de felicidad en el saco del fracaso.

Y sobre todo… que no está solo, aunque en algunos momentos pueda parecerle lo contrario.

jueves, 24 de marzo de 2011

Carta a un maltratador.

Para ti, cabrón: Porque lo eres, porque la has humillado, porque la has menospreciado, porque la has golpeado, abofeteado, escupido, insultado… porque la has maltratado. ¿Por qué la maltratas? Dices que es su culpa, ¿verdad? Que es ella la que te saca de tus casillas, siempre contradiciendo y exigiendo dinero para cosas innecesarias o que detestas: detergente, bayetas, verduras… Es entonces, en medio de una discusión cuando tú, con tu 'método de disciplina' intentas educarla, para que aprenda. Encima lloriquea, si además vive de tu sueldo y tiene tanta suerte contigo, un hombre de ideas claras, respetable. ¿De qué se queja?
Te lo diré: Se queja porque no vive, porque vive, pero muerta. Haces que se sienta fea, bruta, inferior, torpe… La acobardas, la empujas, le das patadas…, patadas que yo también sufría..
Hasta aquel último día. Eran las once de la mañana y mamá estaba sentada en el sofá, la mirada dispersa, la cara pálida, con ojeras. No había dormido en toda la noche, como otras muchas, por miedo a que llegaras, por pánico a que aparecieses y te apeteciera follarla (hacer el amor dirías) o darle una paliza con la que solías esconder la impotencia de tu borrachera. Ella seguía guapa a pesar de todo y yo me había quedado tranquilo y confortable con mis piernecitas dobladas. Ya había hecho la casa, fregado el suelo y planchado tu ropa. De repente, suena la cerradura, su mirada se dirige hacia la puerta y apareces tú: la camisa por fuera, sin corbata y ebrio. Como tantas veces. Mamá temblaba. Yo también. Ocurría casi cada día, pero no nos acostumbrábamos. En ocasiones ella se había preguntado: ¿y si hoy se le va la mano y me mata? La pobre creía que tenía que aguantar, en el fondo pensaba en parte era culpa suya, que tú eras bueno, le dabas un hogar y una vida y en cambio ella no conseguía hacer siempre bien lo que tú querías. Yo intentaba que ella viera cómo eres en realidad. Se lo explicaba porque quería huir de allí, irnos los dos…Mas, desafortunadamente, no conseguí hacerme entender..
Te acercaste y sudabas, todavía tenías ganas de fiesta. Mamá dijo que no era el momento ni la situación, suplicó que te acostases, estarías cansado. Pero tu realidad era otra. Crees que siempre puedes hacer lo que quieres. La forzaste, le agarraste las muñecas, la empujaste y la empotraste contra la pared.. Como siempre, al final ella terminaba cediendo. Yo, a mi manera gritaba, decía: mamá no, no lo permitas. De repente me oyó. ¡Esta vez sí que no!–dijo para adentro-, sujetó tus manos, te propinó un buen codazo y logró escapar. Recuerdo cómo cambió tu cara en ese momento. Sorprendido, confuso, claro, porque ella jamás se había negado a nada.
Me puse contento antes de tiempo.
Porque tú no lo ibas a consentir. Era necesario el castigo para educarla. Cuando una mujer hace algo mal hay que enseñarla. Y lo que funciona mejor es la fuerza: puñetazo por la boca y patada por la barriga una y otra vez…
Y sucedió.
Mamá empezó a sangrar. Con cada golpe, yo tropezaba contra sus paredes. Agarraba su útero con mis manitas tan pequeñas todavía porque quería vivir. Salía la sangre y yo me debilitaba. Me dolía todo y me dolía también el cuerpo de mamá. Creo que sufrí alguna rotura mientras ella caía desmayada en un charco de sangre.
Por ti nunca llegué a nacer. Nunca pude pronunciar la palabra mamá. Maltrataste a mi madre y me asesinaste a mí.
Y ahora me dirijo a tí. Esta carta es para tí, cabrón: por ella, por la que debió ser mi madre y nunca tuvo un hijo. También por mí que sólo fui un feto a quien negaste el derecho a la vida.
Pero en el fondo, ¿sabes?, algo me alegra. Mamá se fue. Muy triste, pero serenamente, sin violencia, te denunció y dejó que la justicia decidiera tu destino. Y otra cosa: nunca tuve que llevar tu nombre ni llamarte papá. Ni saber que otros hijos felices de padres humanos señalaban al mío porque en el barrio todos sabían que tú eres un maltratador. Y como todos ellos, un hombre débil. Una alimaña. Un cabrón.
Fernando Orden Rueda.
2º de Bachillerato de Ciencias de la Salud. IES Bioclimático, de Badajoz.
II Premio del II Concurso Nacional “Carta a un maltratador”, convocado por la asociación “Juntos contra la violencia domestica”